los andenes y los hararios eran sus dias
pero los trenes aun domesticos y abundantes amaban sus ojos troceando la distancia sinherir las ventanillas ni doblar las puntas de las aldeas, de los arboles, sin doblar las puntas de los niños y de las vacas confirmandose el alba o la enorme tarde, sus ojos amados por los trenes desplegaban sin tacañeria las fronteras como flores de un dia y tan desnudas
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